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Por Bosquín Ortega
UN OSCAR
CRIOLLO
“Acuérdate de recordar”.
Eduard Perlés
Cuando ese bambú dentro de un ánfora de pantera, lo vio tocar
la guitarra, bailar y zapatear, cantar y monologar, todo bien y a la
vez, pensó que asistía a un inédito prodigio de
naturaleza artística. Ella ya era una diva del jazz europeo, con atávico
síncopa de gene afro, que había tatuado pupilas con su cuerpo tallado
en temblor de quásar y fibra de ónix. Su apodo de
“La Venus de Ébano” había trascendido el cíclico esplendor
de las marquesinas francesas y encarnado al imaginario urbano del
hombre galo. Aquella jabalina con meandros – la distancia entre
sus piernas, caderas y torso guardaban la armonía áurea del siglo de
Pericles – se llamaba Josephine Baker, estrella indiscutible
del firmamento mediterráneo, legendaria cantante y bailarina del varieté
de preguerra. El calendario precipitaba a 1932, y el huevo de la
serpiente del nazismo aguardaba en tenebrosa latencia.
Aquel
hombrecito delgado, de piel mulata y bigotes medidos, cabello crespo con
gomina, gafas de carey y cadencia caribeña, terminó por seducir a La
Baker, coral de fuego. Aceptó al músico, y lo incorporó como primera
guitarra de su orquesta estable. El pasaporte legalizaba a Oscar
Marcelo Alemán, nacido el 20 de Febrero de 1909, en la República
Argentina.
Oriundo
de Machagai, provenía de una familia de músicos que vivían de su
tarea musical. Su padre, guitarrista folklórico, formaba parte de un
cuarteto de arte nativo, integrado por
Carlos, Jorgelina y Juan, sus propios hijos. Por su parte, Oscarcito,
de breves seis años, lucía una destreza inusual como zapateador de
malambo, impulsado por una elástica postura y un tono muscular,
inusuales para un niño de su edad. Llamaba la atención, el modo espontáneo
y natural de “pararse” en el centro de la escena (don de sitio del
danzarín) y la simpatía de sus movimientos de acrobático humorismo.
En 1915, realizó una actuación memorable, en el escenario del Teatro
Nuevo, donde hoy funciona el Teatro Municipal General San Martín.
A
causa de una separación familiar, Oscarcito comienza, a los diez años,
una vida de errancia y autodeterminación, constantes de su vida futura.
Se lo recuerda lustrabotas en las diagonales numéricas de Sáenz Peña.
Alguien le acerca un “cavaquinho”, pequeña guitarra de cuatro
cuerdas, con lo que inicia una carrera excepcional de instrumentista,
que mantendría en abierta fidelidad hasta el cese de sus manos
virtuosas, en la provincia de Buenos Aires.
Alrededor
de 1926, toca, de manera profesional, en cafés y clubes nocturnos,
junto a Gastón Bueno Lobo, otro guitarrista con quien forma un dúo de
género variado. Incursiona como autor de tangos, y Agustín Magaldi,
cantor de hondo lirismo criollo, le graba una versión. Alterna
actuaciones con Carlos Gardel y se vincula con Enrique Santos Discépolo,
a través de incursiones en la revista musical, al estilo de “Blum”,
con libro y puesta del poeta y actor porteño.
Viaja
después por tierra brasilera y otras latitudes sudamericanas,
mestizando un proceso rítmico que abona el sustrato intuitivo de su
virtuosismo ecléctico y fascinante. Todas las vertientes musicales
navegan el diapasón de su guitarra esencialmente versátil,
profundamente cósmica.
Estimulada
por la curiosidad de un talento expandido, Josephine Baker lo convoca a
una prueba que lo confirma y la deslumbra. Ambos conforman un dueto de
antológica faceta que persiste en la iconografía y discografía, tanto
de difusión como de investigación, de la música francesa. Recorren
una pléyade de escenarios que rutilan con los efectos destellantes de
una alianza irrepetible, hasta la invasión alemana a París, en 1940,
que los obliga a desmembrar la compañía y continuar separados. Oscar
Alemán, figura reconocida de críticos y melómanos, se lanza a una
gira por el continente europeo. Conoce a Louis Armstrong y Duke
Ellington, quienes detectan su capacidad improvisativa e intuitiva, pese
a que Oscar Alemán tendía más
a un swinger diferente que
a un jazzman típico. Pero es Django Reinhardt, el célebre
guitarrista de origen gitano (que pese a un accidente que le inutilizó
parte de una mano, prosiguió tocando con técnica y eficacia
similares), quién le produce una implosión totalizante en la percepción
y en los códigos instrumentales. Ambos se admiran y respetan, comparten
sesiones e improvisaciones y tocan en el Hot Club de Francia, santuario
del jazz eurocéntrico. Alemán no se preocupó de la influencia de
Reinhardt, pues supo incorporar y metabolizar
alemanalmente la potencia avasallante del genial romaní.
Él cuerdista chaqueño, ciudadano del mundo, constituía una alquimia rítmica
de extraña aleación: era un prestidigitador y un “chanssonier”, un
velocista
y
un efectista, un comediante y un danzarín, de improbable réplica
contemporánea. Impuso el hábito de girar y apoyar la guitarra sobre
las espaldas, y ejecutar (hacia atrás) fragmentos de canciones. Alemán
matrizó una paternidad de hacer alta música popular con un
sentido del espectáculo en términos de producida magnitud.
De
vuelta al país, logra un éxito impactante, pero persuasivo: su tema
“Rosa madreselva”, se proyecta como pieza de culto y cifra de venta.
Alemán ofrece al predominio del jazz melódico – las compactas bandas
nutridas,al modo de Glenn Miller, que insuflaban energía a los frentes
de batalla y a los salones de retaguardia estadounidenses – la
irreverente brillantez del swing, personalista y vertiginoso.
Diez
años después, con su invariable humor activo, funda una escuela de
aprendizaje para jóvenes guitarristas, sin sustento económico. Alemán
pese a periodos de dilación laboral, comunes al mercado voluble de los
intereses fonográficos, se mantiene en su carácter de solista y
convoca a un quinteto de tres violines, contrabajo y batería. El primer
violín era ejecutado por Hernán Oliva, uno de los instrumentistas
favoritos del impar Enrique “Mono” Villegas. Las últimas
grabaciones las concreta junto a Eduardo
Rovera, rodeado por sus discípulos que valoraban su bonhomía y su
ejercicio saludable del humor en todo acto vital.
Oscar
Alemán, esposo de Carmen Vallejos y padre de Selva Alemán,
talentosas actrices nacionales, falleció el 14 de Octubre de 1980.
Desde el otro siglo, su nombre figura en los anales de la Enciclopedia
Mundial del Jazz.
El
olvido irresponsable y la ingratitud deleznable no tienen edad. Son
impunemente vigentes. ¿Algún funcionario nomenclador con sentido común
y vergüenza patriótica se acordará, en alguna calle de tantos barrios
nuevos del Gran Resistencia, de nuestro Oscar Alemán, que honra
al Chaco en el mundo y que posee varios sitios de Internet en el mundo y
ni uno solo en su provincia? La memoria es la madre del recuerdo. CH.
(En homenaje vivo a Guillermo De Lange, músico de
Quitilipi, que compartió arte, amistad y respeto con Oscar Alemán
y Ricardo D´anuzzo, patriarcas de las guitarras.)
Bosquín
Ortega
Resistencia, 2004 |