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Corina Silva de Pittau

Correntina de origen, vive en Resistencia desde 1955. Docente, cuentista y poeta, colaboró en distintos periódicos del Chaco, Corrientes y Córdoba. Obtuvo menciones y premios en concursos de Poesías en las tres provincias.

Corina Silva de Pitau falleció en julio del 2004
Nota de Mila Dosso

 

Corina Silva de Pittau

Extraido de "Chaco Multiforme" editado en 1973.

Nació en la provincia de Corrientes. Desde hace dieciocho años reside en el Chaco donde ejerce la docencia. Colabora en las revistas Región de Resistencia y Amigos de Córdoba y en los diarios Los Principios de Córdoba, El Litoral de Corrientes y El Territorio de nuestra ciudad. Tiene una obra inédita: Poemario vida y ha merecido el Segundo Premio de Poesía del Segundo Certamen Nacional de Teatro y Poesía del mes de octubre de 1965, organizado por el Centro Interpretativo de la Provincia de Córdoba; obtuvo Mención de Honor por la poesía Futuro en el Tercer Certamen Nacional de Poesías del Grupo de Escritores de la Ciudad de Córdoba en diciembre del año 1966 y el Segundo Premio de Poesía en el Concurso de Teatro, Cuento y Poesía organizado por la Unión de Escritores de la Argentina con sede en Córdoba en el mes de diciembre de 1970. También escribe cuentos pero su género preferido es la poesía que a su juicio es "expresión de lo profundo del ser, de la conciencia; un testimonio de la verdad humana intrínseca".

Poesía

EN LA SOLEDAD

En la soledad,

extrañaré el cascabeleo de tu risa,

extrañaré tu perfil extraño,

el susurro de tu corazón,

pájaro cegado de alas inasibles

espolvoreadas por el follaje de otoño.

En el patio, el viento continuará meciendo

los racimos dorados y bermejos

de jazmines y glicinas estallantes.

Extrañaré en ese país mustio

el viento ululante de invierno,

los salmos, los mitos, las utopías,

la vigilia, las canciones, las consignas

de la multitud vociferante.

Extrañaré el paisaje boreal,

el ladrido de los perros,

la algarabía de los niños,

el abrigo del amigo, que cubrió mi desamparo.

En la soledad extrañaré el vibrar de la sangre

sometidas a irreversibles mutaciones,

de tierra, ceniza, detritus del tiempo

que transmuta, cuerpos y rostros

en tenues irizaciones de las hierbas.

Extrañaré la diafanidad del día,

porque en ese páramo emboscado

se eterniza la tiniebla.

Extrañaré la rudeza de la vida,

porque en ese terreno yermo,

la desolación corre, como un caballo cegado,

cuya carrera arrastra y derrumba,

arrastra y derrumba el torreón,

donde se guardan los sueños, encendidos.

 

VOCES ACALLADAS

Se oye el eco de Voces Acalladas

en las horas aciagas, de esta tierra,

donde crueles esbirros

de capucha y espada,

de crepúsculos funestos,

asolaron con muerte los hogares,

las calles, y las almas.

La canalla no percibió

que las voces quebradas,

quedarían vibrando

en la tenue luz de la memoria.

Ninguna se ha perdido

y su resonancia despejará la noche.

Debemos encenderlas

que se troquen en flama,

que crepiten ardientes,

alentando la lumbre de la utopías.

Debemos resguardarlas,

este fin de milenio

versátil, artero, hedonista.

Debemos trascenderlas,

esmerilar las rocas del camino,

para que corra el grito encendido

como un rayo cósmico,

que va oradando el tiempo

para encarnarse

en lo profundo del mundo.

 

" La palabra solidaria, ya no se cotiza en el mercado".

Eduardo Galeano

FIN DE SIGLO

Esta época de palabras solidarias,

de temas de evasión y signos cabalísticos,

de la neutralidad y la eficiencia,

cubre de un celaje turbio el horizonte

y desvanece aquel tiempo de esperanza,

de consignas claras, que enfervorizaban.

Una marea subterránea va sepultando,

los jardines de pimpollos solidarios

y los muta por pétreos huertos,

de flores mustias de hedonismo.

CORINA SILVA DE PITTAU

DE PARTIDAS Y DESPEDIDAS

Fuente: "Diario Norte" por Mila Dosso

Siempre queda una palabra decir...

                Ignoro si decirlas ahora es sólo un intento por exorcizar las culpas  -siempre tardías- o reunirlas a modo de plegaria y homenaje. En todo caso, es difícil sortear el sabor desapacible de hacerlo y mucho más difícil saber si el testimonio o la ofrenda más delicados no fuesen -acaso- simplemente un ramillete de silencios. No hace un año, alguien me decía: "¿Por qué no escribís algo sobre Corina? Se lo podríamos enviar y, a pesar de que ya no es esa Corina que conocimos, tal vez se alegre y nos recuerde, y sepa que desde acá la seguimos amando".

                Entonces prometí que sí. que lo haría "cualquier domingo de éstos".

                Pero los domingos pasaron y, aunque Corina siempre estaba, escibir sobre ella era una postergación continua. Las razones, ¿acaso importan?, como dice Graciela Díaz al hablar de la partida de otro ser "exquisito que nos iluminó el alma con su inmensa humanidad", Alejandro Lattman.

                Corina también lucía una "inmensa humanidad". Podría decir de ella lo que todos ya sabemos: su compromiso con los derechos humanos, con la cultura y la educación, pasiones que la llevaron a andar y desandar las calles y las horas más insólitas y diversas de Resistencia, con su paso entre desfachatado y distraído, como si fuera olisqueando todo o simplemente permitiéndose el placer dulce de dejarse acariciar por un sol más dulce que el sol de ninguna otra parte; y que nosotros, los desterrados modernos, abandonados arrastrados por urgencias que nos van dejando una ciudad de miradas vacías y autos veloces con su estrépito brutal que nos rompe el alma...

                Esa figura tan particular de Corina Pittau se reconocía a la distancia, casi a cuadra y media.

                Para construir un cuerpo que sea estandarte de calma y remanso y un corazón abierto a los amores, es preciso haber barloventeado por los  más lejanos mares. Y vaya si Corina navegó por mares tormentosos que imprimieron para siempre en su rostro esa sonrisa de ojos melancólicos y apaciblemente claros, brillantes como de océano contenido.

 

"Conocí" a Corina desde niña. Mi madre nos hablaba de ella, como de su mejor amiga de los tiempos de internado en el Colegio Itatí. Y sus palabras condensaban admiración por esa mujer que definía "buena, increíblemente buena".

                Y eso fue Corina, una mujer buena. No me inquieta la mínima intención de hallar sinónimos más hermosos, porque no hay nada más bello que pueda decirse de alguien, que ha sido siempre una persona buena. Palabra devaluada si las hay, pero que contiene todos los significados.

                Así supimos de ella, desde siempre, mis hermanos y yo. Así quedó grabada en mi corazón desde los relatos de mi madre, que -casualmente- también murió un julio desapacible y lluvioso, y a quien Corina visitaba en el sanatorio, con su delicada y amorosa presencia, como a la querida  e inolvidable vieja amiga. Y llenó de dicha los últimos días de mi madre.

                Para entonces había pasado tiempo desde el día cuando, ya adolescentes, (re)conocí a Corina, la del recuerdo, en carne y hueso. Genio y figura. Toda bondad, esmero, solicitud, mano tendida.

                También fue de las que estuvo junto a mí cuando la enfermedad sorprendió mi vida. Y, como si nada, para no molestar, se sentaba en un almohadón en el suelo de mi pequeña habitación.

                Y tan sólo con mirarme me llenaba de mimos y caricias, alimentando el consuelo y la calma, madura y sabia como de esa madre ausente, pero joven y fresca como una niña en ese antiguo y colosal espíritu que alentaba en ella.

                En esos días Corina, como un sublime prestidigitador, recuperaba para mí la pasión y la nostalgia del primero y el mejor de los paisajes: ese marco de nuestro corazón que es nuestra infancia.

                ¿Quién podría discutir su militancia en el campo de los derechos humanos, si fue una luchadora permanente del amor en los pequeños gestos del día a día?

                Dicen de ella que poeta. De hecho, lo fue. Pero me gusta más decir que amó la poesía que palpitaba en el mundo: el día que amanece, como de oro y plata, sobre las palmeras que bordean los caminos del Chaco; o la niebla que se eleva en las madrugadas de invierno, los pescadores que reman en la noche azulada del Paraná, el ligero follaje que alegra las portadas frente a los jardines, algún gran balcón emparrado y aquella escalera donde nos cruzamos con ese desconocido inquietante, los suspiros que respiraban todavía en los papeles amarillos sobre los que su hijo pródigo, el que se fue para siempre, desgarró los desesperados poemas del final prematuro y elegido... ¿Cómo no habría de ser poeta?

                Corina se fue de la vida muy lejos de su Resistencia amada, de las calles que ajetreó incansable, de los amigos entrañables, de las columnas de desamparados que acompañó. Pero no se fue, ni se irá nunca definitivamente.

                Sobrevuela en el aire de este julio que partidas y despedidas que parecen signar nuestras vidas hoy; nuestras vidas que así, lentamente, van construyendo la propia despedida. Las paredes y las calles han guardado los amores y los sueños. Los muebles, bonitos o feos, fueron compañeros y testigos. Un aroma surge dulcemente de su alma múltiple desparramada en las cosas y los seres que la vieron vivir; y, después, un recogimiento, un descanso, una certidumbre, que serena los altos jadeantes en el azar del vivir.

                Sin la madre y sin la casa, dime, alma mía, ¿qué sería de nosotros?

                Siempre queda una palabra por decir; y, seguramente, tampoco he podido decirla.

 Mila Dosso

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