|
Siempre queda una palabra decir...
Ignoro si decirlas ahora es sólo un intento por
exorcizar las culpas -siempre tardías- o reunirlas a modo de plegaria y
homenaje. En todo caso, es difícil sortear el sabor desapacible de
hacerlo y mucho más difícil saber si el testimonio o la ofrenda más
delicados no fuesen -acaso- simplemente un ramillete de silencios. No
hace un año, alguien me decía: "¿Por qué no escribís algo sobre Corina?
Se lo podríamos enviar y, a pesar de que ya no es esa Corina que
conocimos, tal vez se alegre y nos recuerde, y sepa que desde acá la
seguimos amando".
Entonces prometí que sí. que lo haría "cualquier domingo
de éstos".
Pero los domingos pasaron y, aunque Corina siempre
estaba, escibir sobre ella era una postergación continua. Las razones,
¿acaso importan?, como dice Graciela Díaz al hablar de la partida de
otro ser "exquisito que nos iluminó el alma con su inmensa humanidad",
Alejandro Lattman.
Corina también lucía una "inmensa humanidad". Podría
decir de ella lo que todos ya sabemos: su compromiso con los derechos
humanos, con la cultura y la educación, pasiones que la llevaron a andar
y desandar las calles y las horas más insólitas y diversas de
Resistencia, con su paso entre desfachatado y distraído, como si fuera
olisqueando todo o simplemente permitiéndose el placer dulce de dejarse
acariciar por un sol más dulce que el sol de ninguna otra parte; y que
nosotros, los desterrados modernos, abandonados arrastrados por
urgencias que nos van dejando una ciudad de miradas vacías y autos
veloces con su estrépito brutal que nos rompe el alma...
Esa figura tan particular de Corina Pittau se reconocía
a la distancia, casi a cuadra y media.
Para construir un cuerpo que sea estandarte de calma y
remanso y un corazón abierto a los amores, es preciso haber
barloventeado por los más lejanos mares. Y vaya si Corina navegó por
mares tormentosos que imprimieron para siempre en su rostro esa sonrisa
de ojos melancólicos y apaciblemente claros, brillantes como de océano
contenido.
"Conocí" a Corina desde niña. Mi madre nos hablaba de ella, como de su
mejor amiga de los tiempos de internado en el Colegio Itatí. Y sus
palabras condensaban admiración por esa mujer que definía "buena,
increíblemente buena".
Y eso fue Corina, una mujer buena. No me inquieta la
mínima intención de hallar sinónimos más hermosos, porque no hay nada
más bello que pueda decirse de alguien, que ha sido siempre una persona
buena. Palabra devaluada si las hay, pero que contiene todos los
significados.
Así supimos de ella, desde siempre, mis hermanos y yo.
Así quedó grabada en mi corazón desde los relatos de mi madre, que
-casualmente- también murió un julio desapacible y lluvioso, y a quien
Corina visitaba en el sanatorio, con su delicada y amorosa presencia,
como a la querida e inolvidable vieja amiga. Y llenó de dicha los
últimos días de mi madre.
Para entonces había pasado tiempo desde el día cuando,
ya adolescentes, (re)conocí a Corina, la del recuerdo, en carne y hueso.
Genio y figura. Toda bondad, esmero, solicitud, mano tendida.
También fue de las que estuvo junto a mí cuando la
enfermedad sorprendió mi vida. Y, como si nada, para no molestar, se
sentaba en un almohadón en el suelo de mi pequeña habitación.
Y tan sólo con mirarme me llenaba de mimos y caricias,
alimentando el consuelo y la calma, madura y sabia como de esa madre
ausente, pero joven y fresca como una niña en ese antiguo y colosal
espíritu que alentaba en ella.
En esos días Corina, como un sublime prestidigitador,
recuperaba para mí la pasión y la nostalgia del primero y el mejor de
los paisajes: ese marco de nuestro corazón que es nuestra infancia.
¿Quién podría discutir su militancia en el campo de los
derechos humanos, si fue una luchadora permanente del amor en los
pequeños gestos del día a día?
Dicen de ella que poeta. De hecho, lo fue. Pero me gusta
más decir que amó la poesía que palpitaba en el mundo: el día que
amanece, como de oro y plata, sobre las palmeras que bordean los caminos
del Chaco; o la niebla que se eleva en las madrugadas de invierno, los
pescadores que reman en la noche azulada del Paraná, el ligero follaje
que alegra las portadas frente a los jardines, algún gran balcón
emparrado y aquella escalera donde nos cruzamos con ese desconocido
inquietante, los suspiros que respiraban todavía en los papeles
amarillos sobre los que su hijo pródigo, el que se fue para siempre,
desgarró los desesperados poemas del final prematuro y elegido... ¿Cómo
no habría de ser poeta?
Corina se fue de la vida muy lejos de su Resistencia
amada, de las calles que ajetreó incansable, de los amigos entrañables,
de las columnas de desamparados que acompañó. Pero no se fue, ni se irá
nunca definitivamente.
Sobrevuela en el aire de este julio que partidas y
despedidas que parecen signar nuestras vidas hoy; nuestras vidas que
así, lentamente, van construyendo la propia despedida. Las paredes y las
calles han guardado los amores y los sueños. Los muebles, bonitos o
feos, fueron compañeros y testigos. Un aroma surge dulcemente de su alma
múltiple desparramada en las cosas y los seres que la vieron vivir; y,
después, un recogimiento, un descanso, una certidumbre, que serena los
altos jadeantes en el azar del vivir.
Sin la madre y sin la casa, dime, alma mía, ¿qué sería
de nosotros?
Siempre queda una palabra por decir; y, seguramente,
tampoco he podido decirla.
Mila Dosso |