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El día del malón.
(Fragmento)
1 - El anuncio
Promediaba la mañana; cuando, desde
el fondo de los montes, comenzó a oirse, lejano, un repiquetear de
cascos y gritos. Nadie les prestó mucha atención, porque los
caballos a la carrera y las voces adolescentes en el desafío y la
burla eran cosa cotidiana. Pero bien pronto galope y gritos se
fueron acercando. La voz humana se hizo inteligible:
-¡Se vienen! ¡Se vienen!-gritaba,
como alocado, un muchacho, en medio de la polvareda que levantaban
en el camino los cascos impetuosos de la bestia lanzada a la
carrera.
El repiquetear del galope enmudecía
la algarabía de las chicharras y dispersaba bandadas de pájaros
asustados.
Por los intersticios de esa esfera
centellante de polvo y ruido se alcanzaba a oir, como una dramática
confirmación, la respuesta a un interrogante mudo que parecía haber
quedado colgado, por un momento, en la mirada atónita de los
agricultores, cuyas imágenes se congelaron en el paisaje:
-¡...los indios! ¡Se vienen los
indios!
El mensaje de alarma salió de la
picada, dobló la curva junto a la laguna y avanzó por el camino
recto hacia el caserío del pueblo. Caballo y jinete pasaron como una
exhalación rompiendo la paz mañanera; frente a la escuela de
agricultura, primero, y más adelante, brusca la curva, a lo largo de
la calle del pueblo: un kilómetro de casas dispersas entre el monte
y pequeñas abras con algún cultivo.
¡Se vienen los indios! fue el grito
repetido que pegó en el asombro, bien pronto convertido en duda,
para bascular finalmente entre el temor y el miedo. Y todo ello con
la rapidez de un eco respondiendo a la voz de aquel adolescente que
jadeaba tanto como su cabalgadura, a la que azuzaba a puro talón de
sus pies mugrosos y descalzos; las crenchas pegadas a la frente
estrecha y sudorosa; brillantes los pequeños ojos, casi rasgados en
su cara regordeta. Sus gruesos labios movidos con desesperación,
lanzaban ese verdadero alarido de advertencia -¡Se vienen los
indios!-, que salía húmedo de baba pastosa escapada en un hilillo
comisura abajo.
¡Se vienen los indios! El anuncio
repetido frenéticamente, apareció desde el fondo del camino, llenó
la bóveda celeste de la mañana y se perdió por la calle, rumbo al
río, envuelto en la polvareda.
Donde las casas terminaban,
comenzaban las fábricas. Desde el ingenio azucarero, los obreros
observaron absortos; en la planta taninera, el propio Andersen, que
tenía proyectada una partida de tenis para esa tarde, comenzó a
evaluar la delicada situación.
-¡Se vienen los indios!-alcanzó a
gritar el jinete por última vez junto al puente de madera de
quebracho y urunday, único paso sobre el Tragadero -lento y
meandroso río de llanura- en el camino a la capital del territorio.
Cuando el caballo, ijares temblorosos y belfos de espumarajo,
inició la cuesta arriba del acceso, tuvo un segundo de inmovilidad,
roto el corazón por el esfuerzo. Enseguida cayó en un doloroso
estertor final, junto al camino. El jinete rodó hasta las matas
espinosas, donde quedó atontado, mientras las abejas zumbaban cerca
en su afanoso trabajo sobre las flores melíferas que persistían en
ese otoño todavía tibio.
2 El miedo en la torre de Babel
Primero fue el asombro, que fluyó por
la calle cual temblor que recorre el lomo del caballo picado por un
insecto. Asombro que se metió -latigazo inesperado y seco- en las
casas y en las almas.
Duró apenas un instante.
Cedió paso a la duda. A una duda que
alcanzó lo justo para lanzar una pregunta esperanzada, antes que la
reafirmación del grito diera lugar al miedo.
-¡Se vienen los indios!
Después, un
silencio denso.
Nunca el silencio había sido allí tan
compacto. Durante algún tiempo, hasta las últimas chicharras y los
pájaros callaron, cual si tuvieran conciencia de la situación.
El pueblo mismo detuvo su vida
cotidiana. Fue un acuerdo tácito para que la actividad se
paralizara. Sin violencia, sin estridencia, como al descuido. Cada
uno librado a sí mismo, para que individualmente pudiera canalizar
su propio miedo, organizando de manera personal la huida, una
decisión que comenzó a reptar entre muchos de los que componían esa
comunidad en formación, esa sociedad en agraz.
¿Era miedo o temor?
Porque el temor surge ante un hecho
tangible, ante un peligro evidente, frente a una agresión que está
casi al alcance de la mano, lista para el golpe, para la herida, tal
vez para la muerte.
El miedo, en cambio, tiene un origen
íntimo, que germina al abrigo de las propias carencias. Es más bien
la consecuencia del desamparo social, de la degradación cultural. En
ese hueco recóndito, sin normas, sin proyectos de vida, sin destino,
va gestándose el miedo hasta aflorar y convertirse a veces en alguna
forma de la agresión.
¿Era temor o era miedo?
Quizá un raro dosaje de ambos
elementos había constituido esa neblina nefasta que se extendió
sobre los pobladores de aquella pequeña comunidad que ahora daba
muestras de su propia carencia de cohesión.
No se le podía pedir más a quienes
conformaban un conglomerado de diversos orígenes, asentados en el
lugar desde hacía apenas unas décadas. Algunos habían llegado desde
la lejana Europa en busca de tierras y destino; otros desde
provincias colindantes que contaban con un prolongado proceso
colonizador, incorporándose al trabajo de los obrajes, como
hacheros, para la tala de las valiosas maderas duras de esos
bosques; también desde Paraguay, de donde salieron vaya a saber por
qué razones. Todos ellos afincados ahora sobre la tierra de los
nativos, a los que obligaron a replegarse para permitir la actividad
agropecuaria y a ofrecer mano de obra barata en las chacras. Esos
nativos que justamente hoy se levantaban con ánimo reivindicatorio,
cuando nadie esperaba una reacción tan violenta.
Hasta ayer nomás -hasta hace un
rato- el pueblo parecía haber definido un destino de trabajo. Se
consideraba superada aquella epopeya inicial, cuando llegaron los
primeros italianos, a los que se sumaron españoles, austríacos y
franceses. Casi espontáneamente se incorporaron los correntinos, que
sólo debían sortear el río Paraná, por el momento la principal vía
para mover la producción local. Por ese imponente curso de agua
salía la totalidad del tanino de la fábrica de extracto de quebracho.
Por el mismo río venían desde Corrientes los hacheros a derribar los
árboles centenarios para alimentar las fábricas. Y por esa misma
vía, desde Corrientes, llegaron también el comisario y la directora
de la escuela.
El nexo era mayor, a través del
Paraná, con Corrientes, que con la propia capital del territorio,
Resistencia, a quince kilómetros escasos de mal camino.
El pueblo mismo era una suma de
desintegraciones. La desintegración con su propia cabecera política,
a pesar de su cercanía. Y la desintegración que significaba el uso
efectivo de varios idiomas hablados al mismo tiempo por diferentes
grupos humanos. Al castellano oficial había que sumarle, en una
suerte de transparencias superpuestas, el italiano de los primeros
inmigrantes, el friulano de la mayoría de ese origen, el ladino
traído por los austríacos, el francés de la comunidad de esa
procedencia, el guaraní de los hacheros correntinos y de los
pobladores paraguayos, el toba y el mataco de los aborígenes y aun
el flamenco de algunos profesores de origen belga.
El miedo no llegó a cualquier parte.
El miedo llegó a la torre de Babel.
Era previsible que se acentuaran las
individualidades. Ante el peligro no se podía producir un éxodo.
Sería, en todo caso, una estampida.
Material para web, Noemi Abramowicz |