Escudo de la Provincia del Chaco

Subsecretaria de Cultura de la Provincia del Chaco

Literatura Chaqueña

Pagina Principal

Godofredo Antonio Gerzel

Gerzel Periodismo

            Godofredo Antonio Gerzel  nació en Colonia Benítez (Chaco) en 1931. Docente, ejerció brevemente el magisterio para ingresar luego al periodismo en el desaparecido diario El Territorio, donde renunció en dos oportunidades: cuando lo compró la C.G.T. en 1954 y cuando se hizo sentir la censura del gobierno militar en 1969. En diferentes etapas estuvo al frente de Norte. El Diario, LT5 Radio Chaco y la Dirección de Prensa de la Provincia. Fue cofundador de la revista Región y sus preocupaciones en el campo de la cultura lo llevaron a integrar Cine Arte Resistencia y a formar parte de la Junta Promotora que coadyuvara a la creación de la Universidad Nacional del Nordeste. Defensor del buen uso de la palabra, considera que el idioma constituye uno de los elementos fundamentales de la sociedad actual y claro espejo de su cosmovisión.

            El día del malón se desarrolla a partir de un hecho ocurrido en Colonia Benítez (Chaco) en el año 1912, recordado por docente y botánico Augusto Gustavo Schulz en charlas con el autor. El anunciado malón, como hilo conductor, va ensartando situaciones y personajes –la mayor parte de ellos reales- en una suerte de relato coral donde no existe un protagonista principal. La obra permite una doble interpretación: el miedo como un elemento creciente en todo su desarrollo y las vivencias de la adaptación de los inmigrantes y sus descendientes, que iniciaron el asentamiento colonizador en la zona de la llanura boscosa argentina.

            Esta obra obtuvo el Premio Provincia del Chaco a la novela “José Chudnovsky”, uno de los más emblemáticos instituidos en esta gestión, ha dado origen al título El día del malón, novela que obtuviera el segundo premio de la versión 2003.

Don Augusto Gustavo Schultz y Godofredo Antonio Gerzel

El día del malón.
(Fragmento)

1 - El anuncio

Promediaba la mañana; cuando, desde el fondo de los montes, comenzó a oirse, lejano, un repiquetear de cascos y gritos. Nadie les prestó mucha atención, porque los caballos a la carrera y las voces adolescentes en el desafío y la burla eran cosa cotidiana. Pero bien pronto galope y gritos se fueron acercando. La voz humana se hizo inteligible:

-¡Se vienen! ¡Se vienen!-gritaba, como alocado, un muchacho, en medio de la polvareda que levantaban en el camino los cascos impetuosos de la bestia lanzada a la carrera.

El repiquetear del galope enmudecía la algarabía de las chicharras y dispersaba bandadas de pájaros asustados.

Por los intersticios de esa esfera centellante de polvo y ruido se alcanzaba a oir, como una dramática confirmación, la respuesta a un interrogante mudo que parecía haber quedado colgado, por un momento, en la mirada atónita de los agricultores, cuyas imágenes se congelaron en el paisaje:

-¡...los indios! ¡Se vienen los indios!

El mensaje de alarma salió de la picada, dobló la curva junto a la laguna y avanzó por el camino recto hacia el caserío del pueblo. Caballo y jinete pasaron como una exhalación rompiendo la paz mañanera; frente a la escuela de agricultura, primero, y más adelante, brusca la curva, a lo largo de la calle del pueblo: un kilómetro de casas dispersas entre el monte y pequeñas abras con algún cultivo.

¡Se vienen los indios! fue el grito repetido que pegó en el asombro, bien pronto convertido en duda, para bascular finalmente entre el temor y el miedo. Y todo ello con la rapidez de un eco respondiendo a la voz de aquel adolescente que jadeaba tanto como su cabalgadura, a la que azuzaba a puro talón de sus pies mugrosos y descalzos; las crenchas pegadas a la frente estrecha y sudorosa; brillantes los pequeños ojos, casi rasgados en su cara regordeta. Sus gruesos labios movidos con desesperación, lanzaban ese verdadero alarido de advertencia -¡Se vienen los indios!-, que salía húmedo de baba pastosa escapada en un hilillo comisura abajo.

¡Se vienen los indios! El anuncio repetido frenéticamente, apareció desde el fondo del camino, llenó la bóveda celeste de la mañana y se perdió por la calle, rumbo al río, envuelto en la polvareda.

Donde las casas terminaban, comenzaban las fábricas. Desde el ingenio azucarero, los obreros observaron absortos; en la planta taninera, el propio Andersen, que tenía proyectada una partida de tenis para esa tarde, comenzó a evaluar la delicada situación.

-¡Se vienen los indios!-alcanzó a gritar el jinete por última vez junto al puente de madera de quebracho y urunday, único paso sobre el Tragadero -lento y meandroso río de llanura- en el camino a la capital del territorio. Cuando el caballo, ijares temblorosos y belfos de espumarajo, inició la cuesta arriba del acceso, tuvo un segundo de inmovilidad, roto el corazón por el esfuerzo. Enseguida cayó en un doloroso estertor final, junto al camino. El jinete rodó hasta las matas espinosas, donde quedó atontado, mientras las abejas zumbaban cerca en su afanoso trabajo sobre las flores melíferas que persistían en ese otoño todavía tibio.

2 El miedo en la torre de Babel

Primero fue el asombro, que fluyó por la calle cual temblor que recorre el lomo del caballo picado por un insecto. Asombro que se metió -latigazo inesperado y seco- en las casas y en las almas.

Duró apenas un instante.

Cedió paso a la duda. A una duda que alcanzó lo justo para lanzar una pregunta esperanzada, antes que la reafirmación del grito diera lugar al miedo.

-¡Se vienen los indios!

Después, un silencio denso.

Nunca el silencio había sido allí tan compacto. Durante algún tiempo, hasta las últimas chicharras y los pájaros callaron, cual si tuvieran conciencia de la situación.

El pueblo mismo detuvo su vida cotidiana. Fue un acuerdo táci­to para que la actividad se paralizara. Sin violencia, sin estriden­cia, como al descuido. Cada uno librado a sí mismo, para que individualmente pudiera canalizar su propio miedo, organizando de manera personal la huida, una decisión que comenzó a reptar entre muchos de los que componían esa comunidad en forma­ción, esa sociedad en agraz.

¿Era miedo o temor?

Porque el temor surge ante un hecho tangible, ante un peligro evidente, frente a una agresión que está casi al alcance de la mano, lista para el golpe, para la herida, tal vez para la muerte.

El miedo, en cambio, tiene un origen íntimo, que germina al abrigo de las propias carencias. Es más bien la consecuencia del desamparo social, de la degradación cultural. En ese hueco recóndito, sin normas, sin proyectos de vida, sin destino, va gestándose el miedo hasta aflorar y convertirse a veces en alguna forma de la agresión.

¿Era temor o era miedo?

Quizá un raro dosaje de ambos elementos había constituido esa neblina nefasta que se extendió sobre los pobladores de aquella pequeña comunidad que ahora daba muestras de su propia carencia de cohesión.

No se le podía pedir más a quienes conformaban un conglomerado de diversos orígenes, asentados en el lugar desde hacía apenas unas décadas. Algunos habían llegado desde la lejana Europa en busca de tierras y destino; otros desde provincias colindantes que contaban con un prolongado proceso colonizador, incorporándose al trabajo de los obrajes, como hacheros, para la tala de las valiosas maderas duras de esos bosques; también desde Paraguay, de donde salieron vaya a saber por qué razones. Todos ellos afincados ahora sobre la tierra de los nativos, a los que obligaron a replegarse para permitir la actividad agropecuaria y a ofrecer mano de obra barata en las chacras. Esos nativos que justamente hoy se levantaban con ánimo reivindicatorio, cuando nadie esperaba una reacción tan violenta.

Hasta ayer nomás -hasta hace un rato- el pueblo parecía haber definido un destino de trabajo. Se consideraba superada aquella epopeya inicial, cuando llegaron los primeros italianos, a los que se sumaron españoles, austríacos y franceses. Casi espontáneamente se incorporaron los correntinos, que sólo debían sortear el río Paraná, por el momento la principal vía para mover la producción local. Por ese imponente curso de agua salía la totalidad del tanino de la fábrica de extracto de quebracho. Por el mismo río venían desde Corrientes los hacheros a derribar los árboles centenarios para alimentar las fábricas. Y por esa misma vía, desde Corrientes, llegaron también el comisario y la directora de la escuela.

El nexo era mayor, a través del Paraná, con Corrientes, que con la propia capital del territorio, Resistencia, a quince kilómetros escasos de mal camino.

El pueblo mismo era una suma de desintegraciones. La desintegración con su propia cabecera política, a pesar de su cercanía. Y la desintegración que significaba el uso efectivo de va­rios idiomas hablados al mismo tiempo por diferentes grupos humanos. Al castellano oficial había que sumarle, en una suerte de transparencias superpuestas, el italiano de los primeros inmigrantes, el friulano de la mayoría de ese origen, el ladino traído por los austríacos, el francés de la comunidad de esa pro­cedencia, el guaraní de los hacheros correntinos y de los pobladores paraguayos, el toba y el mataco de los aborígenes y aun el flamenco de algunos profesores de origen belga.

El miedo no llegó a cualquier parte. El miedo llegó a la torre de Babel.

Era previsible que se acentuaran las individualidades. Ante el peligro no se podía producir un éxodo. Sería, en todo caso, una estampida.

Material para web, Noemi Abramowicz

Literatura Chaqueña

Pagina Principal

Conección a la página de ECOM.SA

Envíenos sus comentarios sugerencias o links a
meduc.raulchaco#ecomchaco.com.ar
Remplace el # por @